jueves, 12 de abril de 2012

Juanito Caminante

A Juanito Caminante se le había metido una china en el zapato. Estaba de mal humor; sentía una profunda rabia cuándo le ocurrían ese tipo de percances. Para colmo estaba empezando a resentirse de un dolor de muelas que, desde hacía algún tiempo, le venía acechando. Ese sí que era un problema real.

Caminaba Juanito Caminante bajo un sol que no se esforzaba por calentar y había dejado un día muy feo.

"Es un agujero en el cielo. Es un vertedero de fuego. Son las últimas brasas de una hoguera extinta. Ya no tiene poder. Se le puede mirar a la cara. Se le puede retar a duelo; a la fuerza, con los puños; o vencerle al ajedrez en cinco movimientos. Ojalá se pudiera cambiar por otra estrella con más brío. No sirve. Se ha roto."

Así fué como Juanito Caminante, en menos de cuatro líneas, se cagó en el papel primordial del sol; su rol central en las mitologías; su inclusión  en las cosmogonías de todas las culturas; la absoluta necesidad de su existencia para hacer posible la vida en la Tierra.

Al doblar la calle de la riba pasó junto la estatua de Apolo. La estatua de bronce se resquebrajó por los tobillos del dios. Cayó al suelo, para desconcierto de todos los presentes, justo delante de Juanito. Estaba escrito que le cayera encima, pero no es infalible la Providencia. Aparte del susto, Juanito no le dió más importancia. No se percató, tan siquiera, que se trataba de la estatua de Febo Apolo, dios sol, y lo mismo le hubiera dado que fuese una réplica, a su imagen y semejanza, un Juanito II; tan solo suspiró, entre resignación y descontento, como quejándose de la mala labor de quienes hubieran colocado el monumento.

Luego pasó lo que tenía que pasar, que del susto se vió, de repente, frente a un vacío existencial. Le vino como el vino, subiendo rápido, el instinto primario: la conservación. Se dijo a sí mismo que esa misma tarde engendraría un hijo, para perpetuarse. Y se enamoró. Tomó por referencia un ombligo, en la lejanía, bajo el cuál había unos shorts y, por encima,  una camiseta de los Ramones. Se acercó tanto que la dama en concreto le cruzó la cara de un bofetón. Luego debieron aclararlo y acabaron follando en el callejón.


Ya sentadito en la estación, anotó en el cuaderno el nombre de su última amante. Se encendió un cigarro y se quedó sosteniendo la cerilla, sin apagarla, mirándo a través de la llama. Le gustaba imaginar el mundo ardiendo sin consumirse ni sufrir daño.

Una vez dentro del autobús se tomó un analgésico para mitigar su dolor de muelas. Su estado de ánimo apagado e irascible se transformó en una especie de euforia histérica. Le dió un beso al conductor, deseándole un viaje agradable, por el bien común. Luego empezó a preguntar el nombre a todos los pasajeros. Algunos querían ignorar al pobre Juanito, pero él se las arregló para poner al resto en su contra y, bajo la presión grupal, convencerlos. El resultado fué que a los treinta minutos todo el autobús se prestaba a juegos de manos y a cantar canciones de campamento.

Estoy en un amasijo de hierro movido, en esencia, por restos fósiles de animales prehistóricos extinguidos en el Mesozoico. Es como poner al Tiranosaurios Rex a tirar de un carro. Ya me los imagino domesticados; tirando de arados, guardando la casa, ayudándo a guiar el ganado. Que buen negocio para los curtidores, hacer alforjas para dinosaurio. Que despropósito sacar el coche del garaje teniendo un dinosaurio.

Quedó absorto con ese pensamiento y descuidó el ambiente que había creado. La fiesta se vino abajo.

El ruido monótono del autobús, que viajaba a 100 km/h, velocidad de crucero, por una autovía solitaria y eterna, le sentaba a Juanito mejor que el silencio para conciliar el sueño. Pero desgraciadamente le interrumpían a cada instante ruiditos de lo más desagradable; toses de viejo, el tímbre de un móvil, susurros, ronquidos, cremalleras, bolsas de plástico, papel de aluminio, un niño llorando...

¿Por qué no tocarán los ángeles, ya puestos, las siete trompetas del Apocalipsis?

Trataba de no ser superficial, pero se dejó las retinas secas de mirar a la luna llena, sólo por lo bonita que era. Le gustaba la belleza, el impacto visual...pero no más que el valor de la esencia. Sabía, por ejemplo, que el bombón del asiento de al lado sufriría un proceso degenerativo que acabaría convirtiéndola en una vieja con cara de urraca y cuerpo de morsa. Esperaba por su bien que no basara su autoestima en el hecho de sentirse deseada sólo por sus armoniosas formas. La miró otra vez. Se le cayó la baba.

Se quedó dormido, pero no soñó nada.


Al día siguiente callejaba Juanito por el laberíntico casco antiguo de una famosa ciudad europea. Iba repartiendo correo de buzón en buzón. En uno, para que os hagais a la idea, metió un viejo sobre de Hacienda que contenía poemas de amor; en un portal llegó a sacar las cartas de cada cuál y las cambió todas de lugar; por la rendija del correo de un portón coló unos cuantos tulipanes, que había arrancado sin piedad de los campos de cultivo de Holanda. Y así se le hacía la mañana más corta, innovando cada vez más en sus bromas. Nunca se quedaba para ver el resultado.

Juanito Caminante no era un mendigo ni un personaje estrafalario. Juanito era tan sencillo como radical. Era normal cuando nadie lo era. Él pensaba que la felicidad residía en "ser". Ser como se quería ser. Respetaba las normas y convicciones que le parecían adecuadas para la convivencia, para el buen discurrir social, pero se saltaba a placer todo aquello que le holía a paternalismo rancio, a la cohibición de sus propias posibilidades. Creía que la libertad era un estado natural y que había que vivenciarla, no perseguirla, no luchar por ella sino asumirla, tomarla como el derecho capital de la propia vida. Porque si la vives, decía siempre, matarte es la única manera en la que te la pueden negar. Juanito era esquizofrénico ante los ojos de Dios, pero él se sabía muy cuerdo.

Llegó hasta la cabaña, después de tantas andanzas, se sentó en la esterilla y encendió un cigarro.

Por mis muertos ¡qué antojo de gazpacho! Pero lo primero es lo primero, Juanito, así que a encender el fuego.

Y sonaba, ¿cómo no?, "Green Onions" en un buffle conectado a su Ipod.







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