Una bolsa negra llena de cosas; llena de las colillas de los ceniceros, migas de pan, comida podrida, un surtido de plásticos arrugados, papeles perdidos...¿acaso estoy describiendo el día a día de una bolsa de basura? y no puedo dejar de decir aún más; lejos de esa rutina de despojos, algunos días brillan por la presencia de una fotografía, algo íntimo, valioso, objetos únicos, sueños.
La noche y el día en una bolsa de plástico, usualmente rota, o aplastada bajo otras o, que más dá, porque al final...quemada; fuego, humo, nada.
Secretos, legados, una planta muerta, arte y ciencia, fantasmas del pasado, cabezas de gambas.
MI CABEZA EN UNA BANDEJA
Las palabras solas no valen nada, pero nunca estan solas las palabras.
lunes, 4 de junio de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
Los niños y los viejos
Lo estaba poniendo todo chorreando con el agua que se escurría al morder la sandía. Hasta al gato, que se rascaba el lomo en sus tobillos, le cayó un buen salpicón sobre la cabeza, y se tiró dos días rehuyendo de las moscas. Sabía que vendría la abuela a ajustar cuentas y el viejo tendría que asumir las consecuencias de su negligencia y, de haber sido la abuela una giganta, se lo habría comido de un bocado sin mediar palabra. Y un bocado si le dió, el único beso en los labios que recuerdo que nunca se dieran.
No me habían visto porque me había subido al tejado por la leñera tras de una lagartija y, una vez arriba, me fijé en el abuelo y pensé en gastarle una broma tirándole trozos menudos de sarmientos en la boina. Así es como, sin pretenderlo fuí testigo de la escena. Me pareció tan tierno el beso que pensé que esa ternura era exclusiva entre niños o entre viejos.
Después del beso mi abuela se fué por donde había venido, diciendo... "Luis, haz el favor de comer como las personas, que va el gato hecho un cristo y los pantalones que llevas están pa` arrojarlos".
Ya palmaron, los viejos, hace años ¡parece que fué hace tanto! Y sin embargo aún los recuerdo y al recordarlos aprendo. Hubiera querido enseñarles. El abuelo reconocía que era analfabeto y la abuela, aunque no lo reconociera, no le andaba muy lejos. Nos hubieramos reido un rato.
La abuela escribió un poema en una acasión y ganó por ello un diploma. Queda el diploma colgado en la buhardilla, en la casa del pueblo, pero por ninguna parte encuentro el poema. ¡Qué contrariedad, conservar el premio y no hallar los méritos!
¿Quereis saber por qué mi abuelo era tan especial para mí? Porque, lejos de las presiones que todos dedicaban a educarme, de todas esas preocupaciones y ese empeño, de toda esa sobriedad, como si fuera la vida en ello, él, mi abuelito, me cogía de la mano, me llevaba a la terraza y tendía allí un colchón viejo para que durmieramos. Y allí me señalaba las estrellas, y me las nombraba (por sus nombres comunes, claro está) y las unía y formaba las constelaciones. Y me contaba historias, muchas provenientes de la mitología pero viciadas por la tradición oral y la cultura popular. A través de él podía sentir los siglos y las voces de mis antepasados. Pero por encima de éstos recuerdos tan gratos, lo que hacía a mi abuelo tan especial era que, sin ningún esfuerzo, estaba continuamente enseñándome a ser un hombre bueno.
Vamos a dedicarle tiempo a la vida. Hemos nacido ayer.
Dame un beso de esos que sólo pueden darse los niños y los viejos.
viernes, 18 de mayo de 2012
La tarde triste
Tengo la lengua muy ácida y se presta fácilmente a seguir el dictado de mis nervios; que son mis nervios como entramados de raíces que han crecido demasiado y joden tabiques y levantan el empedrado.
¿Y mi alma?
Tengo la lengua muy ácida, pero no la estimo tanto como a mi letra. Si escribo algo, sea de la naturaleza que sea, me sosiego.
Y mi alma...no vamos a hablar de lo que no sabemos.
Conservo todos mis dientes, aunque uno es un repuesto sintético, y los dejo ahumarse con el tabaco. Inhalo, exhalo; dejo correr el aire haciendo cierto ruidito leve de satisfacción. Termino el cigarro y me giro hacia un lado, tumbado sobre la cama, para mirar a través de la ventana. Bonita tarde de mierda, podríamos decir. El sol es un trozo de ámbar manoseado, y eso cuando las nubes no se avergüenzan de mostrarlo. Realmente hoy no hubo día, no nos engañemos. Pero, de todos modos, yo prefiero decir que la tarde es triste y nunca fea.
Tirarme la tarde aquí tirado, entre penumbras, apenas divagando, apenas curioseando por la red, sin ponerle mucho entusiasmo ni a una cosa ni a la otra, podría parecer un tanto decadente. En efecto lo es. No me está destruyendo, obviamente, pero soy capaz de hacerlo mucho mejor. Raramente dedico ya tiempo y empeño a desarrollar mis habilidades o saciar mi curiosidad. Me falta perspectiva, motivación, novedad, organización. No se por qué, pero sospecho que empeñé demasiadas ganas en el pasado, en lo que acabaron siendo fracasos. En fín, comprendo todo el espectro y sé que hacer. Comprendo, por cierto, todo en el mundo que pueda explicarse y algunas cosas inexplicables también.
jueves, 12 de abril de 2012
Juanito Caminante
A Juanito Caminante se le había metido una china en el zapato. Estaba de mal humor; sentía una profunda rabia cuándo le ocurrían ese tipo de percances. Para colmo estaba empezando a resentirse de un dolor de muelas que, desde hacía algún tiempo, le venía acechando. Ese sí que era un problema real.
Caminaba Juanito Caminante bajo un sol que no se esforzaba por calentar y había dejado un día muy feo.
"Es un agujero en el cielo. Es un vertedero de fuego. Son las últimas brasas de una hoguera extinta. Ya no tiene poder. Se le puede mirar a la cara. Se le puede retar a duelo; a la fuerza, con los puños; o vencerle al ajedrez en cinco movimientos. Ojalá se pudiera cambiar por otra estrella con más brío. No sirve. Se ha roto."
Así fué como Juanito Caminante, en menos de cuatro líneas, se cagó en el papel primordial del sol; su rol central en las mitologías; su inclusión en las cosmogonías de todas las culturas; la absoluta necesidad de su existencia para hacer posible la vida en la Tierra.
Al doblar la calle de la riba pasó junto la estatua de Apolo. La estatua de bronce se resquebrajó por los tobillos del dios. Cayó al suelo, para desconcierto de todos los presentes, justo delante de Juanito. Estaba escrito que le cayera encima, pero no es infalible la Providencia. Aparte del susto, Juanito no le dió más importancia. No se percató, tan siquiera, que se trataba de la estatua de Febo Apolo, dios sol, y lo mismo le hubiera dado que fuese una réplica, a su imagen y semejanza, un Juanito II; tan solo suspiró, entre resignación y descontento, como quejándose de la mala labor de quienes hubieran colocado el monumento.
Luego pasó lo que tenía que pasar, que del susto se vió, de repente, frente a un vacío existencial. Le vino como el vino, subiendo rápido, el instinto primario: la conservación. Se dijo a sí mismo que esa misma tarde engendraría un hijo, para perpetuarse. Y se enamoró. Tomó por referencia un ombligo, en la lejanía, bajo el cuál había unos shorts y, por encima, una camiseta de los Ramones. Se acercó tanto que la dama en concreto le cruzó la cara de un bofetón. Luego debieron aclararlo y acabaron follando en el callejón.
Ya sentadito en la estación, anotó en el cuaderno el nombre de su última amante. Se encendió un cigarro y se quedó sosteniendo la cerilla, sin apagarla, mirándo a través de la llama. Le gustaba imaginar el mundo ardiendo sin consumirse ni sufrir daño.
Una vez dentro del autobús se tomó un analgésico para mitigar su dolor de muelas. Su estado de ánimo apagado e irascible se transformó en una especie de euforia histérica. Le dió un beso al conductor, deseándole un viaje agradable, por el bien común. Luego empezó a preguntar el nombre a todos los pasajeros. Algunos querían ignorar al pobre Juanito, pero él se las arregló para poner al resto en su contra y, bajo la presión grupal, convencerlos. El resultado fué que a los treinta minutos todo el autobús se prestaba a juegos de manos y a cantar canciones de campamento.
Estoy en un amasijo de hierro movido, en esencia, por restos fósiles de animales prehistóricos extinguidos en el Mesozoico. Es como poner al Tiranosaurios Rex a tirar de un carro. Ya me los imagino domesticados; tirando de arados, guardando la casa, ayudándo a guiar el ganado. Que buen negocio para los curtidores, hacer alforjas para dinosaurio. Que despropósito sacar el coche del garaje teniendo un dinosaurio.
Quedó absorto con ese pensamiento y descuidó el ambiente que había creado. La fiesta se vino abajo.
El ruido monótono del autobús, que viajaba a 100 km/h, velocidad de crucero, por una autovía solitaria y eterna, le sentaba a Juanito mejor que el silencio para conciliar el sueño. Pero desgraciadamente le interrumpían a cada instante ruiditos de lo más desagradable; toses de viejo, el tímbre de un móvil, susurros, ronquidos, cremalleras, bolsas de plástico, papel de aluminio, un niño llorando...
¿Por qué no tocarán los ángeles, ya puestos, las siete trompetas del Apocalipsis?
Trataba de no ser superficial, pero se dejó las retinas secas de mirar a la luna llena, sólo por lo bonita que era. Le gustaba la belleza, el impacto visual...pero no más que el valor de la esencia. Sabía, por ejemplo, que el bombón del asiento de al lado sufriría un proceso degenerativo que acabaría convirtiéndola en una vieja con cara de urraca y cuerpo de morsa. Esperaba por su bien que no basara su autoestima en el hecho de sentirse deseada sólo por sus armoniosas formas. La miró otra vez. Se le cayó la baba.
Se quedó dormido, pero no soñó nada.
Al día siguiente callejaba Juanito por el laberíntico casco antiguo de una famosa ciudad europea. Iba repartiendo correo de buzón en buzón. En uno, para que os hagais a la idea, metió un viejo sobre de Hacienda que contenía poemas de amor; en un portal llegó a sacar las cartas de cada cuál y las cambió todas de lugar; por la rendija del correo de un portón coló unos cuantos tulipanes, que había arrancado sin piedad de los campos de cultivo de Holanda. Y así se le hacía la mañana más corta, innovando cada vez más en sus bromas. Nunca se quedaba para ver el resultado.
Juanito Caminante no era un mendigo ni un personaje estrafalario. Juanito era tan sencillo como radical. Era normal cuando nadie lo era. Él pensaba que la felicidad residía en "ser". Ser como se quería ser. Respetaba las normas y convicciones que le parecían adecuadas para la convivencia, para el buen discurrir social, pero se saltaba a placer todo aquello que le holía a paternalismo rancio, a la cohibición de sus propias posibilidades. Creía que la libertad era un estado natural y que había que vivenciarla, no perseguirla, no luchar por ella sino asumirla, tomarla como el derecho capital de la propia vida. Porque si la vives, decía siempre, matarte es la única manera en la que te la pueden negar. Juanito era esquizofrénico ante los ojos de Dios, pero él se sabía muy cuerdo.
Llegó hasta la cabaña, después de tantas andanzas, se sentó en la esterilla y encendió un cigarro.
Por mis muertos ¡qué antojo de gazpacho! Pero lo primero es lo primero, Juanito, así que a encender el fuego.
Y sonaba, ¿cómo no?, "Green Onions" en un buffle conectado a su Ipod.
Caminaba Juanito Caminante bajo un sol que no se esforzaba por calentar y había dejado un día muy feo.
"Es un agujero en el cielo. Es un vertedero de fuego. Son las últimas brasas de una hoguera extinta. Ya no tiene poder. Se le puede mirar a la cara. Se le puede retar a duelo; a la fuerza, con los puños; o vencerle al ajedrez en cinco movimientos. Ojalá se pudiera cambiar por otra estrella con más brío. No sirve. Se ha roto."
Así fué como Juanito Caminante, en menos de cuatro líneas, se cagó en el papel primordial del sol; su rol central en las mitologías; su inclusión en las cosmogonías de todas las culturas; la absoluta necesidad de su existencia para hacer posible la vida en la Tierra.
Al doblar la calle de la riba pasó junto la estatua de Apolo. La estatua de bronce se resquebrajó por los tobillos del dios. Cayó al suelo, para desconcierto de todos los presentes, justo delante de Juanito. Estaba escrito que le cayera encima, pero no es infalible la Providencia. Aparte del susto, Juanito no le dió más importancia. No se percató, tan siquiera, que se trataba de la estatua de Febo Apolo, dios sol, y lo mismo le hubiera dado que fuese una réplica, a su imagen y semejanza, un Juanito II; tan solo suspiró, entre resignación y descontento, como quejándose de la mala labor de quienes hubieran colocado el monumento.
Luego pasó lo que tenía que pasar, que del susto se vió, de repente, frente a un vacío existencial. Le vino como el vino, subiendo rápido, el instinto primario: la conservación. Se dijo a sí mismo que esa misma tarde engendraría un hijo, para perpetuarse. Y se enamoró. Tomó por referencia un ombligo, en la lejanía, bajo el cuál había unos shorts y, por encima, una camiseta de los Ramones. Se acercó tanto que la dama en concreto le cruzó la cara de un bofetón. Luego debieron aclararlo y acabaron follando en el callejón.
Ya sentadito en la estación, anotó en el cuaderno el nombre de su última amante. Se encendió un cigarro y se quedó sosteniendo la cerilla, sin apagarla, mirándo a través de la llama. Le gustaba imaginar el mundo ardiendo sin consumirse ni sufrir daño.
Una vez dentro del autobús se tomó un analgésico para mitigar su dolor de muelas. Su estado de ánimo apagado e irascible se transformó en una especie de euforia histérica. Le dió un beso al conductor, deseándole un viaje agradable, por el bien común. Luego empezó a preguntar el nombre a todos los pasajeros. Algunos querían ignorar al pobre Juanito, pero él se las arregló para poner al resto en su contra y, bajo la presión grupal, convencerlos. El resultado fué que a los treinta minutos todo el autobús se prestaba a juegos de manos y a cantar canciones de campamento.
Estoy en un amasijo de hierro movido, en esencia, por restos fósiles de animales prehistóricos extinguidos en el Mesozoico. Es como poner al Tiranosaurios Rex a tirar de un carro. Ya me los imagino domesticados; tirando de arados, guardando la casa, ayudándo a guiar el ganado. Que buen negocio para los curtidores, hacer alforjas para dinosaurio. Que despropósito sacar el coche del garaje teniendo un dinosaurio.
Quedó absorto con ese pensamiento y descuidó el ambiente que había creado. La fiesta se vino abajo.
El ruido monótono del autobús, que viajaba a 100 km/h, velocidad de crucero, por una autovía solitaria y eterna, le sentaba a Juanito mejor que el silencio para conciliar el sueño. Pero desgraciadamente le interrumpían a cada instante ruiditos de lo más desagradable; toses de viejo, el tímbre de un móvil, susurros, ronquidos, cremalleras, bolsas de plástico, papel de aluminio, un niño llorando...
¿Por qué no tocarán los ángeles, ya puestos, las siete trompetas del Apocalipsis?
Trataba de no ser superficial, pero se dejó las retinas secas de mirar a la luna llena, sólo por lo bonita que era. Le gustaba la belleza, el impacto visual...pero no más que el valor de la esencia. Sabía, por ejemplo, que el bombón del asiento de al lado sufriría un proceso degenerativo que acabaría convirtiéndola en una vieja con cara de urraca y cuerpo de morsa. Esperaba por su bien que no basara su autoestima en el hecho de sentirse deseada sólo por sus armoniosas formas. La miró otra vez. Se le cayó la baba.
Se quedó dormido, pero no soñó nada.
Al día siguiente callejaba Juanito por el laberíntico casco antiguo de una famosa ciudad europea. Iba repartiendo correo de buzón en buzón. En uno, para que os hagais a la idea, metió un viejo sobre de Hacienda que contenía poemas de amor; en un portal llegó a sacar las cartas de cada cuál y las cambió todas de lugar; por la rendija del correo de un portón coló unos cuantos tulipanes, que había arrancado sin piedad de los campos de cultivo de Holanda. Y así se le hacía la mañana más corta, innovando cada vez más en sus bromas. Nunca se quedaba para ver el resultado.
Juanito Caminante no era un mendigo ni un personaje estrafalario. Juanito era tan sencillo como radical. Era normal cuando nadie lo era. Él pensaba que la felicidad residía en "ser". Ser como se quería ser. Respetaba las normas y convicciones que le parecían adecuadas para la convivencia, para el buen discurrir social, pero se saltaba a placer todo aquello que le holía a paternalismo rancio, a la cohibición de sus propias posibilidades. Creía que la libertad era un estado natural y que había que vivenciarla, no perseguirla, no luchar por ella sino asumirla, tomarla como el derecho capital de la propia vida. Porque si la vives, decía siempre, matarte es la única manera en la que te la pueden negar. Juanito era esquizofrénico ante los ojos de Dios, pero él se sabía muy cuerdo.
Llegó hasta la cabaña, después de tantas andanzas, se sentó en la esterilla y encendió un cigarro.
Por mis muertos ¡qué antojo de gazpacho! Pero lo primero es lo primero, Juanito, así que a encender el fuego.
Y sonaba, ¿cómo no?, "Green Onions" en un buffle conectado a su Ipod.
martes, 27 de marzo de 2012
Jueves, día sagrado.
"Querías un día sagrado y elegiste el jueves porque te gusta su sonoridad. Claro está que también querías llevarme la contraria, pues yo prefería el viernes; y te producen una dulce satisfacción los pequeños triunfos que me arrebatas, sin guerra dialéctica mediante, bajo el amparo de saber que te adoro. Pero no se te escapa que puedo ver de lejos el juego de tu maliciosa ternura; así me dejo vencer y finjo resignación y tú, conquistadora piadosa, me abrazas y me besas hasta que desaparecen las máscaras de nuestra representación pueril y estalla la risa.
Pero, querida, aún respetando tu designio de tomar el jueves como día sacro, tengo que escapar de la cama para dar alimento a los animales. Los animales domésticos sienten necesidad de comer todos los días, muy a mi pesar. ¿Con qué cara íbamos a mirar mañana a las vacas y las gallinas? Eso si antes no se produce una rebelión o se comen entre ellas o, de tanta aflicción, deciden quitarse la vida. Además, estoy de vuelta enseguida.
Cuando vuelvo a la cama, los jueves, después de portear escasamente dos brazadas de forraje y acarrear del pozo cuatro o cinco cubos de agua, ya estás vestida. Después del tiempo que empleo en convencerte para desentramar tus piernas de las mías; después de la prisa que empeño en volver corriendo para amarte por la mañana antes que el sol caiga de lleno sobre la cabaña; tú te vistes, para joderme, y coges el cesto de mimbre y muy alegre me dices “vamos niño, vamos por Amanita”.
Subimos por el acantilado. No puedo evitar reirme de tí, de la gracia de tu cuerpecito ascendiendo por el sendero. Me atacas, te cuelgas de mí como una lapa y me obligas a soportar tu peso unos cuantos metros. Y luego, exhausto, me inclino y te tumbo sobre la hierba, jurando que destrozaré tu cuello a dentelladas, pero al final nunca me atrevo."
Así eran los jueves sagrados, al menos lo que de ellos se puede contar.
Subimos por el acantilado. No puedo evitar reirme de tí, de la gracia de tu cuerpecito ascendiendo por el sendero. Me atacas, te cuelgas de mí como una lapa y me obligas a soportar tu peso unos cuantos metros. Y luego, exhausto, me inclino y te tumbo sobre la hierba, jurando que destrozaré tu cuello a dentelladas, pero al final nunca me atrevo."
Así eran los jueves sagrados, al menos lo que de ellos se puede contar.
lunes, 19 de marzo de 2012
8:00 a.m
Poco me importa quien pueda escucharnos. Si durante el clímax del orgasmo te tapo la boca con mi mano es sólo porque sé que estoy soñando; no sea que el ruido me lleve de vuelta a la soledad de mi cuarto. Eres una sombra, el fruto de escondidos pensamientos y los deseos más primarios. Ni siquiera tengo claro quién eres, pero déjame quedarme un rato; porque, casualidad o no, esta noche ha desaparecido el imsomnio que venía padeciendo desde hace algún tiempo; porque mañana amenaza con ser un día cualquiera; porque darme paz es para tí como un juego fácil, mientras que yo sólo no puedo o no sé. Y quisiera, después de follar, quedarme rendido a tu lado, sin "cigarrillo de después" ni nada, cruzando nuestras voces cansadas; desvelándote entre susurros quién soy; desenmascarando hasta mis autoengaños; escribiendo sobre tus oídos lo que nunca me atrevería a escribir en papel. Tú cuéntame, sin morderte la lengua, qué es lo que ves.
No pienses, ni por un momento, que me he vuelto loco.
Abro los ojos. Demasidada luz, olvidé bajar la persiana. Las ocho en punto de la madrugada.
No pienses, ni por un momento, que me he vuelto loco.
Abro los ojos. Demasidada luz, olvidé bajar la persiana. Las ocho en punto de la madrugada.
sábado, 17 de marzo de 2012
Déficit de atención
Quémate el corazón y subraya con cenizas tu verso preferido.
Revienta tus sentidos contra el aire, contra el sol y contra los hados.
Si oyes aullar a la luna, ponte a rugir a su cara oculta.
Tu eres aquí el único Señor de tus manos.
Revienta tus sentidos contra el aire, contra el sol y contra los hados.
Si oyes aullar a la luna, ponte a rugir a su cara oculta.
Tu eres aquí el único Señor de tus manos.
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