martes, 27 de marzo de 2012

Jueves, día sagrado.

"Querías un día sagrado y elegiste el jueves porque te gusta su sonoridad. Claro está que también querías llevarme la contraria, pues yo prefería el viernes; y te producen una dulce satisfacción los pequeños triunfos que me arrebatas, sin guerra dialéctica mediante, bajo el amparo de saber que te adoro. Pero no se te escapa que puedo ver de lejos el juego de tu maliciosa ternura; así me dejo vencer y finjo resignación y tú, conquistadora piadosa, me abrazas y me besas hasta que desaparecen las máscaras de nuestra representación pueril y estalla la risa.

Pero, querida, aún respetando tu designio de tomar el jueves como día sacro, tengo que escapar de la cama para dar alimento a los animales. Los animales domésticos sienten necesidad de comer todos los días, muy a mi pesar. ¿Con qué cara íbamos a mirar mañana a las vacas y las gallinas? Eso si antes no se produce una rebelión o se comen entre ellas o, de tanta aflicción, deciden quitarse la vida. Además, estoy de vuelta enseguida.

Cuando vuelvo a la cama, los jueves, después de portear escasamente dos brazadas de forraje y acarrear del pozo cuatro o cinco cubos de agua, ya estás vestida. Después del tiempo que empleo en convencerte para desentramar tus piernas de las mías; después de la prisa que empeño en volver corriendo para amarte por la mañana antes que el sol caiga de lleno sobre la cabaña; tú te vistes, para joderme, y coges el cesto de mimbre y muy alegre me dices “vamos niño, vamos por Amanita”.

Subimos por el acantilado. No puedo evitar reirme de tí, de la gracia de tu cuerpecito ascendiendo por el sendero. Me atacas, te cuelgas de mí como una lapa y me obligas a soportar tu peso unos cuantos metros. Y luego, exhausto, me inclino y te tumbo sobre la hierba, jurando que destrozaré tu cuello a dentelladas, pero al final nunca me atrevo."

Así eran los jueves sagrados, al menos lo que de ellos se puede contar.






lunes, 19 de marzo de 2012

8:00 a.m

     Poco me importa quien pueda escucharnos. Si durante el clímax del orgasmo te tapo la boca con mi mano es sólo porque sé que estoy soñando; no sea que el ruido me lleve de vuelta a la soledad de mi cuarto. Eres una sombra, el fruto de escondidos pensamientos y los deseos más primarios. Ni siquiera tengo claro quién eres, pero déjame quedarme un rato; porque, casualidad o no, esta noche ha desaparecido el imsomnio que venía padeciendo desde hace algún tiempo; porque mañana amenaza con ser un día cualquiera; porque darme paz es para tí como un juego fácil, mientras que yo sólo no puedo o no sé. Y quisiera, después de follar, quedarme rendido a tu lado, sin "cigarrillo de después" ni nada, cruzando nuestras voces cansadas; desvelándote entre susurros quién soy; desenmascarando hasta mis autoengaños; escribiendo sobre tus oídos lo que nunca me atrevería a escribir en papel. Tú cuéntame, sin morderte la lengua, qué es lo que ves.

    No pienses, ni por un momento, que me he vuelto loco.

    Abro los ojos. Demasidada luz, olvidé bajar la persiana. Las ocho en punto de la madrugada.

   

sábado, 17 de marzo de 2012

Déficit de atención

Quémate el corazón y subraya con cenizas tu verso preferido.
Revienta tus sentidos contra el aire, contra el sol y contra los hados.
Si oyes aullar a la luna, ponte a rugir a su cara oculta.
Tu eres aquí el único Señor de tus manos.

El cuervo

Niños y niñas de todas las edades, préstenme unos instantes de su valioso tiempo y éste humilde cuervo, cuyo graznido se tornó voz (¡prodigio!), les deleitará con tan singular y verdadera historia:

Yo, cuervo ("Corvus Corax" en la la lengua antigua); de plumaje negro, omnívoro, carroñero, oportunista hasta el extremo y, cuando quiero, muy elocuente; pero basta ya de presentaciones...el caso es que había recientemente abandonado el nido de papá y mamá y, con el entusiasmo propio de mi edad, andaba de aquí para allá en busca de una hembra ideal que quisiera construir pico a pico un nidito en la Torre de Londres. ¡Ay, ambiciosa aspiración! Pero sepan ustedes que no me falta decisión, así que, una tarde soleada me puse al lío y anduve como un loco haciendo demostraciones de fuerza, todo tipo de acrobacias aéreas y cuántos rituales de cortejo conoce mi especie. Al cabo de tan agotadores menesteres, terminé posado en el alfeizar de la ventana de un palacio, jadeante, y mi natural curiosidad me llevó a mirar dentro, por ver quiénes lo habitaban y cómo malgastaban el tiempo.

Los cuervos no son siempre por los hombres bien recibidos. El ser humano es contradictorio, ya lo veréis, niños, cuándo os convirtais en ello. Desde adorarnos como una deidad hasta considerarnos de mal agüero (y en este punto maldigo a E.A.Poe). No pueden evitar impregnar de simbolismo nuestra sombría elegancia, sea en el sentido que sea. Pero lo cierto es que, transcurrido el recelo inicial, me dejaron habitar aquella ventana de la que os hablaba. Decidí quedarme por un tiempo, porque había cosas ahí dentro que se escapaban de mi entendimiento y quería conocer. Así pues, me dediqué a la vagancia y a la observación; y sólo dejaba la ventana para recolectar bayas e insectos y echar unos tragos de agua en la fuente de la plaza.

Pongamos que se llamaba Tomás, que es nombre de cuervo. No daré nombres porque un día, Tomás, habiendo ya confianza entre nosotros, me agarró del gaznate y me hizo prometer que guardaría el secreto. El caso es que Tomás estaba desarrollando algún tipo de proyecto manual y tenía la habitación colmada de herramientas y materiales propios de un taller. Según me pareció, estaba trabajando en un cubo recipiente. Deseé que no fuera una jaula para cuervos. Día tras día pude ver cómo cobraba forma su diseño. Al cubo, construido en madera, de aproximadamente 130 x 80 x 80 cm le añadió una tapa con visagras, que permitían abrirla y cerrarla, y un simple pestillo. Luego de haber terminado la caja la pintó con colores llamativos y, aunque con escaso talento, se esmeró en decorarla con lo que el consideraba hermosas formas y dibujos. La barnizó, consiguiendo un aspecto más reluciente a la par que se aseguraba su mejor conservación. Una vez terminadas las tareas de decoración instaló dentro un enorme muelle, anclado a la base, que se sostenía vertical y sin ejercer sobre el presión alcanzaba prácticamente a tocar la tapa.

La habitación quedó limpia de chismes de bricolaje. Tomás se tomó unos días de merecido descanso. Yo hice lo propio y pasé las tardes intentando aparearme bajo el sol ¿Envidia, niños y niñas? Sí, bajo el sol, en las tejas o sobre la hierba, con la fresca brisa ondulando mis negras plumas. Pero no me quisiera desviar del tema....un día estaba de vuelta de una de éstas incursiones y me encontré a Tomás disfrazado de Arlequín. Fué la primera ocasión en que se dignó en dirigirme la palabra:

- Cuervo, ya que has sido testigo de todo cuánto aquí ha sucedido, no veo mal alguno en contarte los hechos y la finalidad. Verás...verás que hace un tiempo me fijé en una muchacha; de pelo negro, ojos oscuros, cossì gitana y me dije a mí mismo "Joder, que bonitos huesos, que preciosas vísceras, que caminar tan gracioso, que imaginación tan... imaginativa, cuántas ganas de vida, que curiosos defectos, que Ser, en definitiva, tan bien conseguido. Olé Natura, Olé ella misma". Y nada, cuervo, sin caer en desgracia ni andar por ahí como un alma atormentada, se me ocurrió darle un beso, por sentir el cosquilleo de la caligrafía de sus labios, por si a ella le alegraba el rato y me cogía de la mano y andábamos 20.000 leguas de viaje submarino, y luego subíamos a descansar a una casa-árbol. Y aquí me tienes, disfrazado de Arlequín. Ahora me meteré en la caja que me has visto construir, sobre el muelle, y haré enviarla por correo urgente. El plan es que cuándo la habrá yo saldré de ella propulsado y, si el susto de muerte que preveo se llevará no es definitivamente mortal, puede que entonces bese sus labios.

Eah. Ya sabeis, con sus propias palabras, el plan que Tomás andaba urdiendo. Querreis saber si finalmente hubo o no hubo beso, pero lo cierto es que yo no pude verlo. Hay al respecto rumores y leyendas, pero suelen contradecirse, en detrimento de su credibilidad. Os aseguro, eso sí, que la caja nunca llegó a salir de aquella estancia, aunque puede que Tomás fuera finalmente a visitar a la gitana disfrazado de Arlequín (tan despistado era). Yo, sinceramente, creo que Tomás tuvo algo de miedo ante la posibilidad de quedarse encerrado en esa caja para siempre.

Pero el asunto no acaba aquí... La mente de Tomás, que es competitiva incluso para con el propio Tomás, a veces trabajaba a su favor. Una mañana me miró y me dijo:

- Cuervo, sabido es que las especies de la familia de los córvidos ("Corvidae", en la lengua antigua) pueden imitar sonidos humanos. Pues bien, tú aprenderás. Te voy a enseñar yo personalmente ¿qué te parece? Y a cambio...a cambio luego irás a recitarle mis cuentos.

Aunque aún no conocía la forma de decirlo, acepté el trato en mi interior. Tiempo después, cuándo dominaba ya vuestra lengua, le pregunté.

- Pero Tomás ¿que sacas tú con los cuentos? Al menos con la idea de la caja te habías propuesto ganar un beso...

- ¿Te parece poco, cuervo, que le agraden mis cuentos cuando a mí tanto me gusta escribirlos? Claro que me gusta respirar la microfauna que pulula por su piel, que no soy gilipollas. Mira, apenas creo conocer la punta del iceberg, pero si quieres saber...ella odia la mediocridad. Lo sé porque yo también. Pero, resumiendo, yo soy mas uraño y quería destruirlo todo y ella, sin embargo, intentará cogerlo con sus manos y darle una nueva forma excepcional. Quizá sea por eso, entre otras cosas,  lo de mi tendencia a darle un beso. No sé, en fín, ya puede durar dos minutos el resumen de los momentos compartidos mientras sea único y alegre. Anda, cuervo,  vé y díselo.

Y aquí termina, niños y niñas de todas las edades, la historia de cómo llegué a hablar. Quien quiera creer que crea, que ya sé que muchos dirán ¿quién se fía de un cuervo? Por otra parte, sé que algunos se estarán preguntando si verdaderamente entiendo simbolicamente o hablo más bien por mecanismo asociativo. A mí poco me importa lo que penseis.Y ahora os dejo.

martes, 13 de marzo de 2012

Vuelve a tu estado natural

No es un demonio, pero podría serlo; por especular que no quede. Es un niño. De lejos se le vé tranquilo, pero no lo está. Tiene los labios sellados, la mirada esquiva, su alma es un halo de vapor de azufre y sus pensamientos, revueltos y agitados, le molestan como una china en el zapato. ¡Ay, chiquitín!

Para calmarse coje un palo y escribe en el suelo, por testigos los pájaros, todos sus secretos. Pero ¡qué rabieta!: su caligrafía ha empeorado. Es por algunos besos que no valían la pena, que tanto igual le hubiera dado no darlos. Es por equivocar el vino con una nana que arruya y evoca dulces sueños.

Ahora, de repente, le da miedo que le miren raro. No tiene ganas de jugar con gente normal. ¿Así que es eso? Pues piensa, chavalito, si hay alguien por ahí con quien hacer anormalidades. Deja ya de sujetarte. Estas hecho para trepar a los árboles y armar jaleo. Vuelve a tu estado natural. Y si algo va mal...házlo mejor.

sábado, 10 de marzo de 2012

Jugar

¡Cuánto han crecido las sombras!  Querían arroparme como un manto de esparto. Pero que vanidad...¡pensar que podían vencer! Se confundieron al verme embelesado escuchando la fábula de la luna llena en el fondo del vaso.

¿Dónde quieres ir? Fronteras sólo es la piel. Sin moverte, o caminando muy lejos, como un silbido que ara la tierra; trás de tí germina una estela; hierbas silvestres, plantas trepadoras, árboles frutales y toda clase de seres desnudos, agitados por el viento. El sueño está dentro; tiene pulso, sacude el cielo, es natural.

El miedo, la culpa, la tristeza y la soledad;  que se guarden bien de mirarnos a la cara, se quemarán con el valor que irradia la inocencia. Da igual la talla que uses, bastan los pies descalzos de un niño para pisotear la fé que promulgue dolor. No hay artificios en la libertad, no hay locura, sólo paz.

Nada para suplantar mi imaginación. Conversar, respirar con entusiasmo, amar una contradicción, jugar todo el tiempo.

Te juro que veo.

jueves, 1 de marzo de 2012

El viajero ante el mar de niebla

No vísteis luego, después que le retrataran, al viajero atravesando el mar de niebla. No llevaba prisa si no que más bien sentía impaciencia por perderse. Se conocía demasiado y trataba de situarse donde nunca había estado, no ver nada más allá de dos palmos, pintar él mísmo mapas sonoros.

Iba a tirar su reloj para simbolizar que rompía con el tiempo, pero en el último instante pensó que corría el riesgo de no hacerse nunca viejo.

En un claro de bruma se detuvo a pensar y se dijo a sí mismo "Si esto no funciona, al diablo iré y le dejaré mi alma tirada de precio". Y el diablo, que por casualidad estaba escuchando, hizo un gesto de menosprecio y pensó "¿Para qué demonios quiero yo eso?".

El viajero cree en la resurección y/o la reencarnación sin necesidad de haber muerto. No es fé, sino que lo experimentó en sus propios huesos. Hablando de huesos... ¡que rico sabe el tuétano!.

Claro que, como él mismo sabe, ha de volver. Sí, lo traerá de vuelta un deseo, de su mente o de su cuerpo, o se le agitará en el pecho un recuerdo, o se cruzará con una mirada imposible de evitar. Quizá nunca se haya movido y era todo un vil engaño con el propósito de descansar, haciéndo creer a todos que no está. Y yo, en tal caso, quedo cómplice.



Reflexiones

¿De qué te sonríes cuando nadie te vé? No se me ocurre una imagen más sensual.

 La sombra no respira. Las babas no hacen un beso. Ni llorar, ni secarme con vanidad,  ni ganar, ni hacer el cretino; no me he puesto a gritar. Necesitaba sosiego.

Me encontré un día absorto y fascinado atendiendo a una demostración de cosas que nunca he dudado.

¿Qué dejarás, cuando te vayas, olvidado en un cajón?

La espada, mejor que el mosquete.