martes, 29 de mayo de 2012

Los niños y los viejos


Lo estaba poniendo todo chorreando con el agua que se escurría al morder la sandía. Hasta al gato, que se rascaba el lomo en sus tobillos, le cayó un buen salpicón sobre la cabeza, y se tiró dos días rehuyendo de las moscas. Sabía que vendría la abuela a ajustar cuentas y el viejo tendría que asumir las consecuencias de su negligencia y, de haber sido la abuela una giganta, se lo habría comido de un bocado sin mediar palabra. Y un bocado si le dió, el único beso en los labios que recuerdo que nunca se dieran.
 No me habían visto porque me había subido al tejado por la leñera tras de una lagartija y, una vez arriba, me fijé en el abuelo y pensé en gastarle una broma tirándole trozos menudos de sarmientos en la boina. Así es como, sin pretenderlo fuí testigo de la escena. Me pareció tan tierno el beso que pensé que esa ternura era exclusiva entre niños o entre viejos.
Después del beso mi abuela se fué por donde había venido, diciendo... "Luis, haz el favor de comer como las personas, que va el gato hecho un cristo y los pantalones que llevas están pa` arrojarlos".

Ya palmaron, los viejos, hace años ¡parece que fué hace tanto! Y sin embargo aún los recuerdo y al recordarlos aprendo. Hubiera querido enseñarles. El abuelo reconocía que era analfabeto y la abuela, aunque no lo reconociera, no le andaba muy lejos. Nos hubieramos reido un rato.

La abuela escribió un poema en una acasión y ganó por ello un diploma. Queda el diploma colgado en la buhardilla, en la casa del pueblo, pero por ninguna parte encuentro el poema. ¡Qué contrariedad, conservar el premio y no hallar los méritos!

¿Quereis saber por qué mi abuelo era tan especial para mí? Porque, lejos de las presiones que todos dedicaban a educarme, de todas esas preocupaciones y ese empeño, de toda esa sobriedad, como si fuera la vida en ello, él, mi abuelito, me cogía de la mano, me llevaba a la terraza y tendía allí un colchón viejo para que durmieramos. Y allí me señalaba las estrellas, y me las nombraba (por sus nombres comunes, claro está) y las unía y formaba las constelaciones. Y me contaba historias, muchas provenientes de la mitología pero viciadas por la tradición oral y la cultura popular. A través de él podía sentir los siglos y las voces de mis antepasados. Pero por encima de éstos recuerdos tan gratos, lo que hacía a mi abuelo tan especial era que, sin ningún esfuerzo, estaba continuamente enseñándome a ser un hombre bueno.

Vamos a dedicarle tiempo a la vida. Hemos nacido ayer.
Dame un beso de esos que sólo pueden darse los niños y los viejos.

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