Modestia aparte, soy el más grande cazador de caracoles que ha parido el mundo. Puedo enseñártelo, aprende del maestro, pero recuerda que siempre estaré mil pasos por delante. No sé por qué, pero nací con el don. Luego, en un empeño autodidacta, fuí desvelando sin mucho esfuerzo todos los secretos. Conozco sus hábitos, sus sentimientos, sus vicios y sus sueños. Sé cuales son los mejores sitios para encontrarlos. He diseñado toda clase de trampas e instrumentos. Y mi técnica más depurada: hago con la boca un seseo que consideran irresistible y acuden jadeantes a mis manos.
Puede sonar cruel pero... los engaño como quiero. Los cazo con suma facilidad y los utilizo para mis propios fines. Algunas tardes selecciono una docena de hermosos ejemplares y organizo carreras y toda clase de pruebas atléticas, para mi propio y solitario divertimento. No hace falta decir que luego van a la sopa como todos, sin distinción alguna. Antes solía indultar al ganador; supongo que era joven y me ablandaba observar la humildad con que afrontan el triunfo.
No quisiera que ésta breve exposición de mi pasatiempo se convirtiera en polémico debate, así que no entraré en detalles acerca de la naturaleza de los experimentos, de tipo conductales y médicos, que vengo realizando, desde hace muchos años, por el bien de la Ciencia. Pero si alguien tiene especial curiosidad, desde una perspectiva profesional, no tengo inconveniente en compartir mis descubrimientos.
Ciertamente me resultan entrañables los caracoles, pero no puedo resistir el impulso atroz que me arrastra sin remedio a su depredación. Para hacer justicia de sus muertes, intento sacar todo el provecho posible y, hasta después de habérmelos cenado, recupero las conchas y fabrico con ellas collares y toda clase de objetos de decoración. para el hogar y el automóvil.
Quisiera algún día poder hacer algo bueno por ellos pero, en fín, si nadie me finanzia no me veo perdiéndo el tiempo por amor al arte. Los negocios son los negocios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario