No vísteis luego, después que le retrataran, al viajero atravesando el mar de niebla. No llevaba prisa si no que más bien sentía impaciencia por perderse. Se conocía demasiado y trataba de situarse donde nunca había estado, no ver nada más allá de dos palmos, pintar él mísmo mapas sonoros.
Iba a tirar su reloj para simbolizar que rompía con el tiempo, pero en el último instante pensó que corría el riesgo de no hacerse nunca viejo.
En un claro de bruma se detuvo a pensar y se dijo a sí mismo "Si esto no funciona, al diablo iré y le dejaré mi alma tirada de precio". Y el diablo, que por casualidad estaba escuchando, hizo un gesto de menosprecio y pensó "¿Para qué demonios quiero yo eso?".
El viajero cree en la resurección y/o la reencarnación sin necesidad de haber muerto. No es fé, sino que lo experimentó en sus propios huesos. Hablando de huesos... ¡que rico sabe el tuétano!.
Claro que, como él mismo sabe, ha de volver. Sí, lo traerá de vuelta un deseo, de su mente o de su cuerpo, o se le agitará en el pecho un recuerdo, o se cruzará con una mirada imposible de evitar. Quizá nunca se haya movido y era todo un vil engaño con el propósito de descansar, haciéndo creer a todos que no está. Y yo, en tal caso, quedo cómplice.
No hay comentarios:
Publicar un comentario