sábado, 17 de marzo de 2012

El cuervo

Niños y niñas de todas las edades, préstenme unos instantes de su valioso tiempo y éste humilde cuervo, cuyo graznido se tornó voz (¡prodigio!), les deleitará con tan singular y verdadera historia:

Yo, cuervo ("Corvus Corax" en la la lengua antigua); de plumaje negro, omnívoro, carroñero, oportunista hasta el extremo y, cuando quiero, muy elocuente; pero basta ya de presentaciones...el caso es que había recientemente abandonado el nido de papá y mamá y, con el entusiasmo propio de mi edad, andaba de aquí para allá en busca de una hembra ideal que quisiera construir pico a pico un nidito en la Torre de Londres. ¡Ay, ambiciosa aspiración! Pero sepan ustedes que no me falta decisión, así que, una tarde soleada me puse al lío y anduve como un loco haciendo demostraciones de fuerza, todo tipo de acrobacias aéreas y cuántos rituales de cortejo conoce mi especie. Al cabo de tan agotadores menesteres, terminé posado en el alfeizar de la ventana de un palacio, jadeante, y mi natural curiosidad me llevó a mirar dentro, por ver quiénes lo habitaban y cómo malgastaban el tiempo.

Los cuervos no son siempre por los hombres bien recibidos. El ser humano es contradictorio, ya lo veréis, niños, cuándo os convirtais en ello. Desde adorarnos como una deidad hasta considerarnos de mal agüero (y en este punto maldigo a E.A.Poe). No pueden evitar impregnar de simbolismo nuestra sombría elegancia, sea en el sentido que sea. Pero lo cierto es que, transcurrido el recelo inicial, me dejaron habitar aquella ventana de la que os hablaba. Decidí quedarme por un tiempo, porque había cosas ahí dentro que se escapaban de mi entendimiento y quería conocer. Así pues, me dediqué a la vagancia y a la observación; y sólo dejaba la ventana para recolectar bayas e insectos y echar unos tragos de agua en la fuente de la plaza.

Pongamos que se llamaba Tomás, que es nombre de cuervo. No daré nombres porque un día, Tomás, habiendo ya confianza entre nosotros, me agarró del gaznate y me hizo prometer que guardaría el secreto. El caso es que Tomás estaba desarrollando algún tipo de proyecto manual y tenía la habitación colmada de herramientas y materiales propios de un taller. Según me pareció, estaba trabajando en un cubo recipiente. Deseé que no fuera una jaula para cuervos. Día tras día pude ver cómo cobraba forma su diseño. Al cubo, construido en madera, de aproximadamente 130 x 80 x 80 cm le añadió una tapa con visagras, que permitían abrirla y cerrarla, y un simple pestillo. Luego de haber terminado la caja la pintó con colores llamativos y, aunque con escaso talento, se esmeró en decorarla con lo que el consideraba hermosas formas y dibujos. La barnizó, consiguiendo un aspecto más reluciente a la par que se aseguraba su mejor conservación. Una vez terminadas las tareas de decoración instaló dentro un enorme muelle, anclado a la base, que se sostenía vertical y sin ejercer sobre el presión alcanzaba prácticamente a tocar la tapa.

La habitación quedó limpia de chismes de bricolaje. Tomás se tomó unos días de merecido descanso. Yo hice lo propio y pasé las tardes intentando aparearme bajo el sol ¿Envidia, niños y niñas? Sí, bajo el sol, en las tejas o sobre la hierba, con la fresca brisa ondulando mis negras plumas. Pero no me quisiera desviar del tema....un día estaba de vuelta de una de éstas incursiones y me encontré a Tomás disfrazado de Arlequín. Fué la primera ocasión en que se dignó en dirigirme la palabra:

- Cuervo, ya que has sido testigo de todo cuánto aquí ha sucedido, no veo mal alguno en contarte los hechos y la finalidad. Verás...verás que hace un tiempo me fijé en una muchacha; de pelo negro, ojos oscuros, cossì gitana y me dije a mí mismo "Joder, que bonitos huesos, que preciosas vísceras, que caminar tan gracioso, que imaginación tan... imaginativa, cuántas ganas de vida, que curiosos defectos, que Ser, en definitiva, tan bien conseguido. Olé Natura, Olé ella misma". Y nada, cuervo, sin caer en desgracia ni andar por ahí como un alma atormentada, se me ocurrió darle un beso, por sentir el cosquilleo de la caligrafía de sus labios, por si a ella le alegraba el rato y me cogía de la mano y andábamos 20.000 leguas de viaje submarino, y luego subíamos a descansar a una casa-árbol. Y aquí me tienes, disfrazado de Arlequín. Ahora me meteré en la caja que me has visto construir, sobre el muelle, y haré enviarla por correo urgente. El plan es que cuándo la habrá yo saldré de ella propulsado y, si el susto de muerte que preveo se llevará no es definitivamente mortal, puede que entonces bese sus labios.

Eah. Ya sabeis, con sus propias palabras, el plan que Tomás andaba urdiendo. Querreis saber si finalmente hubo o no hubo beso, pero lo cierto es que yo no pude verlo. Hay al respecto rumores y leyendas, pero suelen contradecirse, en detrimento de su credibilidad. Os aseguro, eso sí, que la caja nunca llegó a salir de aquella estancia, aunque puede que Tomás fuera finalmente a visitar a la gitana disfrazado de Arlequín (tan despistado era). Yo, sinceramente, creo que Tomás tuvo algo de miedo ante la posibilidad de quedarse encerrado en esa caja para siempre.

Pero el asunto no acaba aquí... La mente de Tomás, que es competitiva incluso para con el propio Tomás, a veces trabajaba a su favor. Una mañana me miró y me dijo:

- Cuervo, sabido es que las especies de la familia de los córvidos ("Corvidae", en la lengua antigua) pueden imitar sonidos humanos. Pues bien, tú aprenderás. Te voy a enseñar yo personalmente ¿qué te parece? Y a cambio...a cambio luego irás a recitarle mis cuentos.

Aunque aún no conocía la forma de decirlo, acepté el trato en mi interior. Tiempo después, cuándo dominaba ya vuestra lengua, le pregunté.

- Pero Tomás ¿que sacas tú con los cuentos? Al menos con la idea de la caja te habías propuesto ganar un beso...

- ¿Te parece poco, cuervo, que le agraden mis cuentos cuando a mí tanto me gusta escribirlos? Claro que me gusta respirar la microfauna que pulula por su piel, que no soy gilipollas. Mira, apenas creo conocer la punta del iceberg, pero si quieres saber...ella odia la mediocridad. Lo sé porque yo también. Pero, resumiendo, yo soy mas uraño y quería destruirlo todo y ella, sin embargo, intentará cogerlo con sus manos y darle una nueva forma excepcional. Quizá sea por eso, entre otras cosas,  lo de mi tendencia a darle un beso. No sé, en fín, ya puede durar dos minutos el resumen de los momentos compartidos mientras sea único y alegre. Anda, cuervo,  vé y díselo.

Y aquí termina, niños y niñas de todas las edades, la historia de cómo llegué a hablar. Quien quiera creer que crea, que ya sé que muchos dirán ¿quién se fía de un cuervo? Por otra parte, sé que algunos se estarán preguntando si verdaderamente entiendo simbolicamente o hablo más bien por mecanismo asociativo. A mí poco me importa lo que penseis.Y ahora os dejo.

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