Ayer una señora perdió la cartera en el restaurante donde yo me encontraba cenando con mis amigos, celebrando nuestros fracasos. Después de cinco minutos montando el espectáculo, acaparando todo el staff en la búsqueda de su monedero, suscitando la sorpresa de unos y la risa de otros, fué a encontrarlo debajo de mi asiento. Mis colegas y yo callamos a petición del regente, muy apurado el hombre, mientras eramos blanco de una retaíla de insultos y acusaciones variopintas; chorizos, degenerados y parias fueron los adjetivos mas respetuosos de cuantos tuvimos que tragar. Y todavía indigestos, poniéndonos el abrigo para irnos, tuvimos que esquivar algunos reveses que nos lanzaba el bueno de su marido, gentil caballero al rescate de su dama.
Una de esas señoras tan recatadas, tan cristianas, tan dispuestas siempre a defender la virtud. Un ejemplo de moralidad.
Una de esas señoras que luego, en más de una ocasión, te encuentras en el campo, donde no se sienten observadas, tendidas en el suelo a cuatro patas, follando con cabras. Y en pleno akelarre, se dehacen el moño y con el pelo suelto, gimiendo a la luna y cagándose en todos los santos, tienen la maravillosa idea de acudir en domingo a un restaurante con su marido, y arrojar al prójimo su propia vergüenza.
A usted, señora, le dedico mi bloq.
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