Mi padre era extraterrestre, comandante de una nave interestelar. Un héroe de guerra, con un gran sentido del honor y de la amistad. Se decía que mas de un millón de seres le debían la vida. En su casaca lucía tantas condecoraciones que de lejos parecía una cota de malla. Tenía una mano biónica, pues la original la había perdido en la defensa de Proxima Centauri, haciendo frente a un ejército que les triplicaba en número.
Como todo guerrero notable, dominaba las letras con la misma destreza que las armas, y así escribía poemas de amor como canciones heróicas con las que luego deleitaba a sus hombres en el puente de mando, o ensayos que versaban sobre los asuntos de la república, y a él le debemos más de una reforma social en los fueros del espacio conocido.
Para mayor gloria, se casó con mi madre, humana (es sabido que son las mejores mujeres de entre todas las razas), y vivieron por muchos años en Galicia, en un castillo. A veces lo traigo a la memoria y lo mismo me da llorar que reir, de pura nostálgia.
Tuvo una vida digna con un inesperado final. En algún momento sus cigarrillos le parecieron un vicio absurdo y se pasó al crack. ¡Ay! Todavía recuerdo encontrarle dormido en su butaca, con la pipa aún humeante, impregnada de esa babilla verde que segregaba y susurrando, entre sueños alucinatorios, sabe dios que delirios de su alterada conciencia sobre el futuro de una niña.
Bien, de aquellos años ya no me queda nada, salvo un montón de recuerdos y mi apellido. Pero sobre la burbuja criogénica de mi padre juro que por mis méritos llegaré a ser un gran hombre, presidente quizá de la nación, y mi estirpe quedará inscrita para siempre en los libros de historia. Nosotros, los Rajoy.
Qué terrible vaticinio que se ha cumplido
ResponderEliminar