Te invento. Nunca existes del todo.
Quedamos para llorar y acabamos riéndo.
Por las mañanas podríamos recitar, cada uno, los defectos del otro, con el propósito de superarnos, hasta hacerlos tan tenues que podamos hacer la vista gorda y decir que han desaparecido.
No te daré mi corazón. Si me lo arranco no será más que tejido muerto, hasta un niño lo sabe. ¿Dónde piensas guardarlo, en un frasquito de formol? De eso nada. Toma si quieres mi tiempo y piérdelo, ocupa mi espacio cuando el tuyo te parezca pequeño, usa mi fuerza para desfacer entuertos, absorve mi ánimo en los días oscuros, pon a prueba mi ingenio, descubre que cosas me ponen y cuáles otras me ponen de mala ostia...
Quedamos para reir y acabamos durmiendo.
Y mientras duermes:
- Todo es perfecto contigo. Sólo me incomoda un detalle... no me has ganado, hagas lo que hagas te entiendo. Al fin y al cabo te he inventado. No tienes más albedrío que el mío: no me superas. Por eso te agarro del cuello con mis manos y apreto fuerte esperando impaciente tu muerte. Aquí llega tu último aliento.
Exhala.
(Hago una llamada. Al cabo de un rato se escuchan de fondo sirenas de policía. Pensarán que estoy loco)
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