viernes, 2 de diciembre de 2011

Te aconsejo para la tristeza en momentos de alegría

¿Quien eres? No te conozco. Dos besos. Pareces contenta. Sería un gran inconveniente que te invadiera la tristeza: ya no tengo mi sombrero de cascabales. Tuve una desavenencia con un público ingrato y lo hice jirones, rabiando sobre el escenario, con mi orgullo moribundo y mi vergüenza inflamándose.
Lo mejor, si algún día tienes melancolía, será que sigas el siguiente consejo:

Retirate al campo por un par de días. Explora los caminos, los bosques y los sembrados. De todos son conocidas las bondades del ejercicio sano, así como el efecto analgésico de la visión de paisajes hermosos. Además, no creo que hayan pasado muchas horas cuando, de repente, te encuentres un caballo. Al principio verás que es uraño y reticente, pero después que le ofrezcas de tu mano un puñado de paja se volverá más confiado. No tardará la bestia en percatarse de tu gracia natural. En sus pensamientos de animal, a camara lenta, saldrás sonriendo, con el pelo al viento confundiéndose con el fondo de los campos de trigo, con los ojos grandes y la boca perfecta, hablando en un idioma del cuál no tiene ni puta idea, pero que deduce por el contexto. Estando así las cosas, pronto se ofrecerá para que montes a pelo en sus lomos. Será todo uno empezar a galopar y que te sientas mejor, como una niña jugando con los dichosos unicornios que se popularizaron en los ´90, como una anciana que padece estreñimiento y por fin revienta... Como es natural, tener un caballo es un hecho que alimentará tu debilitado ego y empezarás a sentir sed de aventuras. Con mucha probabilidad te imaginarás que eres una princesa. La mayoría de las mujeres quieren ser princesas. Normal, se lo llevan diciendo toda la vida: princesa, princesa, princesa. Pero no querría yo meterte en el mismo saco, que no me acusen de prejuicioso, pues ya me imagino que haciendo gala de tu humildad te daría por ser mendiga, probablemente una mendiga de corazón puro que en realidad es princesa y no lo sabe, o quizá has pensado en la señora del cuadro de Delacroix, "La Libertad guiando al pueblo", portando una bandera y enseñando un pecho, pero a caballo esta vez. De todas formas, no quiero que parezca que te regalo el oído, pero ser princesa es una mierda de cargo-herencia y a tí, con ese alma que tienes, se te queda pequeño.
Bueno ¿y que puedes hacer con un caballo en el campo una vez que te aburras de cabalgar de aquí para ayá, que es su uso natural, de pisotear los sembrados, atormentar sin mala intención a los lugareños relinchando a horas intempestivas y, en fin, revolucionando la fauna y la flora y llevando al límite el ecosistema? Siempre te queda...¡asaltar el tren de las 15:30! Ya me parece que lo estoy viendo. Serás encantadora. Llevarás agua y algo de comer para los maquinista y hasta los invitarás a un cigarillo. Luego dormirás a los niños leyendo cuentos. A los pasajeros adultos te los ganarás con una canción, si sabes cantar y sino con un truco de magia o cualquier demostración de habilidad que puedas hacer. Yo estaré en el vagón y después del aplauso me levantaré para darte un abrazo. Si hay un ancianito, de estos que parecen jodidos, dale un beso en la frente que siempre queda muy tierno, pero insisto, seleccionalo bien, que algunos por hay son entrañables por fuera y bestias lascivas por dentro.
Todo el mundo contento ¿Te das cuén? Eres un virus contagioso de alegría. ¿Cómo coño te llamas? Deberías llamarte Bactería.
Vete ya del tren, Bacteria, antes que llegue la policía. Pasate por "Bussines" y roba un portatil. Sube a Rocinante y piérdete en el horizonte. Desde aquí oigo el eco de tu risa. De tu risa. Tu risa.

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