Si yo fuera un esqueleto, un ánima en pena, y vagara por las calles de la ciudad del viento una noche oscura, sin luna ni estrellas, iría rompiendo una a una todas las farolas y, en su lugar, encendería velas. Los valientes que me miraran a través de sus ventanas se preguntarían "Pero...¿qué hace ese espectro?" y entonces yo me volvería hacia ellos y les miraría fijamente con mis cuencas vacías "Remodelando la estética de la ciudad, por puro capricho".
Poneros ahora en la situación de que al volver una esquina tropiezo con una dama, una muy pálida cubierta con un velo gris, de movimientos suntuosos y dulce voz de ultratumba. Sería ideal. Podríamos bailar juntos una danza macabra. Cantaríamos en latín, claro está, y niños y adultos temblarían de miedo bajo sus mantas. No es que fuera nuestra intención atormentar a las pobres gentes, sino más bien montar un espectáculo inusual para nuestro propio divertimento.
Luego ya, cansados de tanto bailoteo, la misteriosa dama tendría la oportuna idea de descorchar una botella de vino, que precisamente llevara encima, y al hacerlo, pondría chorreando de delicioso tinto toda mi osamenta. He de confesar que es ésta una idea muy seductora.
Si después de todo nos quedan fuerzas podríamos seguir la fiesta en un cementerio, en cualquier panteón familiar que haga las veces de "after".
Y antes que salga el sol convendría que nos fueramos a enterrar, que está muy mal visto no estar vivo a pleno día.
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