viernes, 27 de enero de 2012

Un día sin Ira (capítulo primero)

Allá en las tinieblas había una mesita que decía mucho acerca del estado de las cosas; cuatro o cinco platos sucios, algunos trozos de pan duro, una pila de libros y dos ceniceros, a falta de uno, generosos de colillas. Pereza. Pero lo más llamativo eran cuatro botes de cristal, repartidos entre los huecos que dejaba aquél desorden, que contenían un total de cuarto de kilo de marihuana, toda para mí. Codicia. En fín, una mesita de mármol, pensada para servir el té, humillada con toda esa miseria, no podía sino proyectar una sombra lánguida y antropomorfa: yo.

El sofá me resultaba verdaderamente incómodo, pero tenía por seguro que la cama no sería mejor. Además, mi conciencia daba bandazos a través del tiempo y del espacio, se apagaba y se encendía sin ningún orden razonable, y, como resultado, lo cotidiano se me presentaba sin valor alguno, incluido mi propio cuidado. Que se yo si había dormido mil años o era, tal vez, un insomne sin memoria. Había perdido el Norte, la noción del tiempo y el gusto por toda clase de satisfacciones.

Todo el mundo tiene que elaborar su infierno; atribuirle una génesis, inventar sus mitos, reconocer sus costumbres, trazar su cartografía y catar, por curiosidad, su maquinaria de tortura. Hay que habitarlo y, como hay que habitarlo, me instalé por una temporada. Y... ¡que recreación! ¡Que puto parque temático! No me hizo falta la imaginación poética de Dante; quizá porque contaba con los efectos adversos del abuso del T.H.C, que me sosegaba hasta el punto de dejarme totalmente indefenso. Yo solito contra un ejército de demonios más grande que el de Alejandro.

El cactus que había en el mueble era una maldita broma. Ambos eramos vegetales, teníamos la misma gracia y, sin embargo ¿dónde estaba su culpa, su desconsuelo, su derrota?  Envidia. Pensé que quizá debería limitarme a seguir sus expectativas.

Un viernes a mediodía, una pequeña mano blanquita descorrió las cortinas y abrió la ventana. Todo ese humo que cargaba el ambiente fué renovado por el aire templado de la primavera. ¡Hacía tanto tiempo que no veía la luz del sol! Al principio pensé que ardería como los vampiros. Me cubrí la cara con una mano.

- Vaya, Carlitos ¿te has movido? No creo, supongo que no ha sido más que un espasmo nervioso. Energía residual. Lo que me pregunto es por qué no te habrás comenzado a descomponer. Anda, toma una ducha, ponte guapo para mí y vamos a dar un paseo.

Era Elena de Troya, se habían librado guerras por ella. Le cogí la mano y la acerqué hacia mí. Ella se sentó en mi regazo, se inclinó, me abrazó y empezó a besarme.

- Sólo estaba un poco desanimado, pero en un ratito volveré a andar, como Lázaro; y verás como esta tarde estoy dándo saltos como las cabras salvajes.

- ¡Periquín! Hace tiempo que no gorgojeas o como sea que se llame el ruidito que hacen los de tu especie. Pero ahora mismo te saco a la calle. ¿Sabes de qué me están entrando ganas?

Ante semejante pregunta, y dado que todavía no estaba sellado mi certificado de defunción, tuve la picardía de deslizar mi mano bajo su ropa interior. Lujuria. Ella me siguió por un momento, pero pronto se detuvo.

- ¡Pero, periquín! Ya sabía que no estaba tan perdida tu alma. Anda, no me provoques hasta la vuelta, cuando haya comprobado que no has olvidado cómo hacerme reir.

Treinta minutos después estaba listo. Preparé una bolsa con un cartón de vino, una barra de chorizo y pan. No tenía hambre, pero el chorizo me estaba pareciendo un manjar suculento ahora que había despertado de mis pesadillas. Gula.

- ¿Vamos de picnic? - me preguntó.

- No, no es para nosotros.

- Entonces ¿Para quién?

- No seas impaciente. Ya lo verás.

Subimos la calle hasta la plaza. Por el camino ibamos jugando como dos niños. Elena de Troya se subía a los bancos de la acera y se tiraba sobre mí para que la cogiera en brazos. Con ese vestido me parecía un precioso diablo azul que me atacaba desde las alturas.

- ¡Pero nena! Si me quieres tanto no llegaremos nunca.

- ¿Qué prisa llevas?

- Se van a ir los chavalitos.

- ¿Vamos a cambiar cromos con los niños? ¡Qué divertido! Seguro que te acaban timando.

- ¿A mí? ¿Yo, vencido por un niño? Me temo, señorita, que eso es del todo imposible. Soberbia

- ¿Qué dices? ¿Soberbia?

- No, nada, una tontería. Pensaba en voz alta.

Se cumplieron los vaticinios de Elena. Me timaron con los cromos. Lo sé porque siempre lo hacen. No entiendo de fútbol y soy carne de cañón para esos niños de barrio. Cada vez que voy a cambiar cromos, con la mera intención de pasar el rato, los niños se abalanzan sobre mí. Todos quieren tener la oportunidad de sangrarme. A Elena la adoran, como todo el mundo, y si ella se lo pidiera jamás volverían a engañarme; pero lo cierto es que a ella le encanta verme perdedor en esos intercambios con los chiquillos.

- Bueno, ya esta bien de reirse de mí. Elena, cuando te acabes esa cerveza, casaté conmigo.

- ¿Pero qué dices idiota? Si tú siempre dices que no te casarás nunca.

- Contigo sí, Elena. Verás...me parece que, cuando Paris te llevó a Troya, Agamenón no hizo apenas nada por recuperarte. ¿Una guerra? Sí, porca miseria. Yo hubiera llevado el mundo al abismo. No te rías, tonta. Es sólo que pienso que puedo anteponerte a la razón, y a la moral también: volverme loco y maligno. Así que, ya ves, parece que casarse no es tan grave.

- ¿Eso te parece un buen argumento? Está bien, pero sólo si consigues que nos case ese mendigo de allí.

Y que feliz casualidad que llevara una bolsa con chorizo, pan y vino, para Paco, que así se llamaba el mendigo, y que ya le hubiera comentado el asunto anteriormente.

- Paco, ¡el trabajo que te prometí! Y toma, coge ésto por adelantado.

- Vamos allá, Carlitos, vamos allá. Tu verás lo que haces.

La ceremonia duró un par de minutos. Después de una tarde celebrándolo con whisky caro, mi esposa y yo nos fuimos de luna de miel a los tejados: señor y señora gatos. Y joder si lo pasamos bien...sería para escribir libros enteros, de lo bien que lo pasamos.

Elena de Troya, quizá no sepas que un día me salvaste. Grazie mile.



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