Llevaba dos horas sentado frente al ordenador y no podía inspirarme. El sentido del tiempo estaba definido por la lista de reproducción, que reiniciaba cada treinta minutos las mismas canciones. Cada frase que inventaba me parecía la peor que había concebido hasta el momento. Cada historia que empezaba la deshacía friamente dejando pulsada la tecla de borrar. Podía haber escrito algo tan malo que de malo fuese original. ¿Dónde estaban esas furcias musas mías? Quizá la culpa era mía, a veces mi cabeza trabaja demasiado rápido para escuchar. Sí, debo admitir que tengo acusados problemas de atención.
Necesitaba respirar aire fresco y ensuciarme por dentro. Salí de casa. Llené mis pulmones con la humedad del canal y empapé mi sangre con el vino más barato que había podido comprar. Sí señor, eso ya era otra cosa. Era la dulce sensación de la libertad. ¿Quién piensa que era la viva imagen de la decadencia? Para mí era solo la cadencia de una hermosa canción.
Mi tendencia hacia la autodestrucción, aclaro, se basa tan sólo en el placer de experimentar los momentos previos a la muerte, pero la muerte misma...no merece siquiera ser mencionada. La muerte es sólo la falta de respiración de los cadáveres de aquellos familiares que ví tras de una vitrina. Es la carencia de pulso de aquel desconocido que murió en mis brazos una noche cualquiera, en cualquier lugar de Europa. Es la quietud de algunos animales que tuve que sacrificar. Es un aburrimiento, la muerte...
Volví a casa. Eva estaba esperando.
- ¿Dónde coño has estado? No sé para que pregunto ¿Bebiendo otra vez? ¿Zorreando con alguna idea bizarra? Seguro que has subido la cuesta dando traspiés, con la mente plagada de secuencias de amaneceres.
- Pero ¡Eva! Creo que me sobrevaloras. Venía haciendo cuentas de cuánto dinero me queda hasta acabar el mes.
- Prefiero pensar que eres un poeta.
- ¡Dulce! ¡Equivocada!
- Pero no abnegada. ¿Sabes que cualquier día te acabaré dejando?
- Entonces me veré en la contradicción de haberte perdido y, al mismo tiempo, alegrarme por tí.
- ¡Idiota! Anda, duermete aquí. Eres un niño. Nunca debiste crecer, es demasiado para tí. Anda, acurrucaté aquí. ¿No ves lo frágil que eres?
Al rato me desperté. Eva seguía allí, no se había movido, velaba por mí. Me acariciaba el pelo. Eva, esa brisa de aire fresco en un lugar cerrado. Quise acariciarla yo también, pero no podía moverme. Era como una de esas pesadillas en que no puedes moverte por más que quieras; estaba hechizado; me había cortado a la altura de la tercera vértebra; quizá era histeria; quizá aún soñaba.
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